Joselito en la sabia tradición.

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josewpJoselito, así se llamaba el joven torero, estaba en el hotel con unos miembros de la cuadrilla. Se estaba poniendo el traje de luces y pensaba en su familia, en Fogonero, el toro al que iba a dar la cara a las seis en punto de la tarde. De vez en cuando, contemplaba unas fotos viejas colgadas de una pared y rezaba, rezaba un montón. El rostro pálido de la Virgen le daba esperanza y le transmitía calma. Pero, el joven se angustiaba. No dejaba de mirar su reloj que se había parado a las seis de la madrugada.

     Eran las diez y cuarto de la mañana. Fogonero lo tenía preocupado.

     El joven, tumbado en la cama, con la mirada perdida en el techo, se acordó de su abuelo y de lo mucho que hizo. Nadie podía olvidar a su abuelo, figura legendaria del toreo sevillano, una leyenda alcanzada a pulso y a base de auténticos golpes de sangre y valor. Por aquel entonces, Joselito tenía unos ocho años y solía llamar a su abuelo Maestro. Un día, el joven enseñaba orgulloso a los niños la cicatriz de la primera cornada que recibió. El Maestro atraído por tanto ajetreo alrededor de su casa salió y le espetó a su nieto: « Esto es un arañazo », y el viejo torero que había toreado como nunca nadie lo había hecho, le enseñó sus piernas destrozadas. “Estas cornadas son trofeos. Aprendí un montón de ellas”. Entonces el joven torero avergonzado tuvo que dejar de presumir, « lo suyo, Maestro, sí que tiene verdad » y se marchó cabizbajo hacia la finca. “Un día, seré mejor que él”, dijo para sí.

joswpEran las dos y media. Una paloma blanca se posó en el balcón y sacó al joven del pasado. Se despertó cerrando los puños. Pero, el estrés volvió a anegar lo que parecía un tímido destello de valor: tenía las piernas flojas. Contempló la paloma y le gustó ver cómo se desplazaba con elegancia. El pájaro le recordó a su padre torero que murió en Las Ventas un sábado, a las seis y cuarto. El día de su entierro, cuando tenía doce años, soltó una paloma blanca en medio de la plaza, igual que la que estaba mirando. Se acordaba de las chicuelinas de su padre que levantaron clamores, de las orejas que cortó, del cariño que le demostraba la afición. Con el tiempo, su padre consiguió calar hondo en el público madrileño. Joselito, metido en el pasado, saboreaba las imágenes que se le ocurrían en la mente. Sentía la alegría de su padre que tenía a la plaza conquistada. Las tardes con él cobraban ritmo. Las series de muletazos que le daba al toro, con ambas manos, fueron limpias, templadas y armoniosas. Hubo arte, le gustó al público.

     Eran las cinco y media. El ruido de la sirena de los bomberos que pasaban por la calle llevó al joven al presente. Se dio cuenta de que ante el miedo, le asaltaban los recuerdos. El miedo a Fogonero se apoderaba poco a poco de su cuerpo y lo entumecía. El tiempo corría en su contra. Joselito se levantó y vio por la ventana un coche negro de lujo que se detuvo delante del hotel para recogerle. El joven rezó por última vez y dejó su habitación. Las luces de las cámaras le impedían ver el camino hacia el coche negro.

     Eran casi las seis en punto. Llegó a la plaza con el cuerpo tenso por el susto. Le costaba moverse con holgura. La montera que se había puesto en el hotel le molestaba. Sentía que no estaba a sus anchas. El paseo no le dio confianza en nada y cuando los clarines anunciaban la salida de Fogonero del toril, Joselito miró hacia el suelo y recordó a su abuelo, a su padre: “tu camino está en seguir la sabia tradición”. Miró otra vez su reloj que se había parado: otra vez las seis, las seis de la cita.

     Eran las seis en punto de la tarde. Salió Fogonero con pujanza, los cuernos hacia el cielo. “El toreo es cosa de dos” y el joven se echó a la plaza. El toro embestía con cadencia y los pases de Joselito se repetían con ritmo, con temple. Con el capote de brega, el joven torero iba dibujando su obra, una primera labor premiada con ruidosas ovaciones. Demostró duende: era el hijo de una dinastía de toreros.

josewp3Pero, después de los dos primeros minutos, a Joselito le quedó poca fuerza y de repente, su cuerpo se volvió pesado, tieso. Le entró un susto de muerte. La luz de una cámara le llamó la atención y, de golpe, el cielo se hizo astillas. Sintió que un calor le recorría el cuerpo. Le nubló los sentidos, la razón. Intentó enderezarse, pero un fuego intenso corría por sus entrañas. La arena se tiñó de rojo. El público se levantó, Joselito se desplomó. Una paloma blanca cruzó el cielo, se oyó la sirena de los bomberos y un coche negro de lujo se acercó a la plaza para recogerle.

     Eran casi las seis y cuarto.

Texte écrit par Bel Bahloul

Correo electrónico : bel.bahloul@laposte.net

 

Joselito en la sabia tradición…
01 El relato.
02 Vocabulario.
03 Unas preguntas.
04 El documento del alumno.
05 Leer, buscar, contestar.
06 Traducir unas frases.
07 Vocabulario de la corrida.
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